Ciudades: cómo impactan en ellas los espacios “instagrameables” y las imágenes oficiales

Noticias de turismo de argentina y el mundo

Fuente lavoz 12/09/2022

Antonio Miguel Nogués Pedregal se formó en filosofía, historia y antropología, entre otras disciplinas.

Es doctor, profesor titular de universidad en el Departamento de Ciencias Sociales y Humanas de la Universitas Miguel Hernández (España).

Hasta 2014 impartió Antropología social y política y Antropología del ocio y del turismo.

En la actualidad es docente, entre otras asgnaturas, de Mediaciones culturales en la artes.

El catedrático español suele ser consultado por sus trabajos sobre los contextos turísticos en el marco de las nuevas tecnologías de la información.

Desde su hogar en aquel país accedió a dialogar con La Voz.

–¿Le parece que el concepto de lo instagrameable de alguna manera cambia la forma de pensar algunos espacios urbanos, más allá de lo turístico?–Desde que en 2017 el periódico The Independent planteó que este término era determinante entre los millennials a la hora de elegir destino, me pareció un término interesante porque condensa bastante bien algunas de las características del mundo actual y se relaciona con el concepto “cronotopo”.

Este concepto, acuñado por Mijaíl Bajtín, alude a esa estrategia literaria que enhebra distintos elementos narrativos para recrear una atmósfera y dar sentido (coherencia) al argumento de un texto literario y conseguir trasladar al lector al tiempo y lugar de la narración.

Si, por ejemplo, estamos pensando en una novela situada en la Edad Media europea, pues en algún momento debe aparecer un castillo así como todos esos ingredientes que pueblan el imaginario que tenemos y que a su vez reproducen los tópicos (estereotipos).

En esta línea, sí creo que las redes (en tanto que otra forma más de comunicación) están coadyuvando a entender el mundo y las relaciones sociales –y por tanto, también los espacios urbanos– de una manera distinta.

Las TICs han creado un nuevo cronotopo que, como bien dice Anthony Giddens, han logrado conectar presencia y ausencia, y densificado la posibilidad de que ocurran muchas cosas de manera simultánea porque ha hecho desaparecer las distancias.

De hecho, gracias a estas tecnologías de conectividad global y simultánea, hemos alcanzado el don de la ubicuidad: “estar” sin tener que estar.

–O sea, sí influye en nuestro entorno.

–Instagram es una tecnología, es decir, una aplicación social de la técnica de comunicación y, por tanto, no puede no afectar la manera en la que nos relacionamos con nuestro entorno.

Una vuelta por las redes nos muestra que algunos emprendedores diseñan sus negocios no tanto con el objetivo de que sus clientes queden satisfechos por el servicio y la calidad de los productos ofrecidos, sino para que, sobre todo, los clientes muestren algo pintoresco de su negocio: sea un menú, un detalle estético o una ocurrencia más o menos simpática, y que los efectos multiplicadores de las redes sirvan para publicitar el local como ninguna otra campaña podría lograr.

De igual manera que, desde hace tiempo, en algunos lugares turísticos, se indica el lugar exacto desde la que capturar esa perspectiva que el visitante anda buscando.

Instagram ha enfatizado esta tendencia y pronto comenzarán a aparecer marcas en aquellos lugares cuyas fotografías han conseguido más me gusta.

Es una interesante dialógica que ya está generando problemas entre algún famosete digital con ínfulas de crítico gastronómico y el dueño de algún afamado restaurante que se negó a invitar al joven a la comida de la que este había disfrutado.

–¿Ayuda esta tendencia a descubrir cosas que de otra forma no se verían?–Es que, al mismo tiempo, la proliferación de estos espacios deseables recogidos en imágenes ha diversificado el atractivo de los destinos y develado que las ciudades son mucho más que lo que muestran las imaginerías oficiales.

La relación entre un creador de contenidos en Instagram y sus seguidores, aunque es una relación asimétrica, es una relación muy íntima, muy individual, me atrevería a decir que casi de plena confianza y de una naturaleza totalmente contraria a las representaciones que producen las imaginerías oficiales que son, por definición, percibidas como propagandísticas y falsas y más dirigidas a la masificación o al adoctrinamiento ideológico.

Porque aunque las entradas de Instagram reflejan un estilo de vida –los llamados Niños Ricos de Instagram (RKoI)– al alcance de muy pocos de sus seguidores, la simultaneidad de la emisión y recepción unido a un buen uso de los recursos audiovisuales genera un cronotopo que hace desaparecer la percepción de distancia (igual que el novelista consigue una atmósfera que traslada al lector a ‘su’ espacio-tiempo) y ofrece una falsa sensación de complicidad y cercanía.

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digamos, social.

–¿Cambia por tanto la manera en las que los residentes de un lugar piensan su entorno urbano?–Sí, ciertamente.

En algún momento, y disculpe la autocita, he escrito que el turismo es la expresión más sofisticada del sistema de valores del capitalismo porque no sólo ha logrado conquistar (colonizar, si lo prefiere) los territorios más recónditos (piense en la foto de cientos de turistas en el Everest) del Planeta, sino aquellos intangibles (fiestas, procesiones, rituales, etc.

) que son cultura porque dan sentido al devenir de un grupo humano en un territorio.

Es innegable que el turismo tiene muchos efectos negativos, especialmente en lo relativo a la saturación de los espacios, el monocultivo y la explotación laboral.

Pero también es innegable que tiene efectos positivos (y no me refiero sólo al plano económico) porque hay constancia etnográfica de que el turismo media en la manera en la que las personas vivimos nuestros propios lugares.

Y ha ayudado a despertar en los residentes un sentimiento de orgullo por su propio lugar y revitalizado tradiciones que estaban a punto de desaparecer.

Entrar ahora a debatir sobre si esas revitalizaciones son auténticas o no, nos llevaría por otros derroteros.

–Cambia también la forma de relación entre los viajeros y el entorno, entonces.

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–Sin duda.

En alguna ocasión algunos autores han propuesto que el viaje turístico no terminaba hasta que, de vuelta en casa, se compartían las experiencias con los más allegados y se les mostraba en papel las imágenes.

Toda esta práctica, sin embargo, ha saltado por los aires, nunca mejor dicho.

Las tecnologías de la información y la comunicación han roto aquel esquema de forma que las diferencias ya no están en un “allí” lejano y distante, sino en un “aquí” que se encuentra en nuestro propio celular en el bolsillo.

El viajero no necesita recordar las vivencias y contarlas después, porque estas han dejado de ocurrir en el pasado, son vivencias simultáneas y compartidas de manera individual y en mi presente.

Es un espacio vivido que se comparte de manera individual conmigo.

Soy parte del viaje y esa realidad se hace presente y, por tanto, deseable.

Quizás por esto, vengo observando que salvo los más jóvenes, los grupos sociales menos enculturados en la digitalización de las experiencias comparten sus experiencias turísticas de manera asíncrona, es decir, una vez en casa.

Entre otras cosas siguiendo las recomendaciones de la policía y al miedo de que algunos desaprensivos pudiesen llegar a saber que el domicilio está vacío y que tienen el campo abierto.

–Hacer una ciudad instagrameable, ¿tiene relación con hacer una ciudad habitable? ¿Qué distancia hay entre uno y otro concepto?–Una distancia abismal.

No podemos olvidar que el espacio concebido por los urbanistas es un ente administrable desde las instituciones.

Hacer ciudad implica pensar hacia dónde estás mirando o, mejor dicho, qué pretendes.

Cuando pretendes una ciudad instagrameable la engalanas y piensas “hacia afuera”.

Es decir, orientada a satisfacer las expectativas de los potenciales visitantes.

Procuras que el espacio deseable que ha generado Instagram se convierta en espacio vivido.

Pero desde los actuales paradigmas de pensamiento, vestir una ciudad para atraer visitantes que viven un tiempo (ritmo) caracterizado por las no obligaciones, no parece que sea compatible con lograr satisfacer las necesidades sociales y económicas de los habitantes.

Sin embargo, sí creo que al desvelar nuevos lugares pintorescos tanto a visitantes como a residentes, sí puede ayudar (encauzado de manera responsable) a revitalizar otras zonas urbanas, a mejorar la estética urbana o a evitar el vandalismo del mobiliario urbano, entre otras cosas.

De hecho, hay algunos trabajos, por ejemplo sobre Montevideo, que muestran que las fotografías de Instagram pueden ayudar a gestionar mejor los espacios urbanos.