Cuando el dólar juega al Jenga

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Fuente lavoz 21/08/2022

El jenga es un juego de destreza física e intelectual, en el cual los jugadores quitan un bloque por turno para colocarlo en la parte superior de la torre, generando un sistema cada vez más inestable.

El juego termina cuando la torre cae.

Argentina es un jenga en el cual el dólar es un jugador que mueve piezas cada vez más arriesgadas, desafiando la estructura económica del país al máximo.

Con la decisión de poner a uno de los tres socios fundadores del Frente de Todos como superministro, el Gobierno nacional pone una de sus últimas piezas en la torre inestable, tratando de superar los movimientos anteriores para poder llegar a diciembre de 2023 con oxígeno.

Esto ocurre en un escenario en el cual el drenaje de reservas internacionales permanente hizo volar por los aires la esperanza de cumplir con las metas acordadas con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Recordemos que el acuerdo contemplaba unas reservas netas de 6.425 millones de dólares para fines de septiembre y de 8.125 millones para fines de diciembre de 2022.

A 18 días de la asunción de Massa, hemos visto definiciones sobre el frente fiscal en cuanto a la quita de financiamiento del Tesoro por parte del Banco Central (BCRA), con la consecuente reducción de emisión monetaria, el modo en que reducirá el gasto público y la quita de subsidios de las tarifas ocurrida esta semana.

Sin embargo, las definiciones con respecto al frente cambiario no logran disipar las dudas en cuanto a cómo continuará la dinámica de la partida.

Al movimiento tendiente a fortalecer las reservas, a través de nuevas negociaciones sobre el swap chino, obtener mayores préstamos internacionales, más repos, buscar el adelanto de exportaciones o el fuerte aumento de la tasa de interés de referencia al 69,5% (la más alta desde las Paso 2019), todavía el mercado no lo considera suficiente.

En junio de 2022, las exportaciones alcanzaron 8.432 millones de dólares y las importaciones, 8.547 millones de dólares.

Ambas registraron máximos históricos.

El intercambio comercial (exportaciones más importaciones) aumentó 31,4% en relación con igual mes del año anterior y alcanzó un nivel récord de 16.979 millones de dólares.

No obstante, la balanza comercial registró un déficit de 115 millones de dólares por primera vez desde diciembre de 2020 y la dificultad del BCRA para acumular reservas hace cada vez más costoso mantener el crecimiento económico que se venía dando hasta mitad de año.

Por otro lado, sin los dólares necesarios para el pago de deuda, ahorro, turismo, insumos productivos, combustible, el Central se queda sin herramientas para frenar las estampidas de los dólares paralelos.

Si el objetivo es incrementar las reservas en unos 6 mil millones de dólares para fin de año, es fundamental la administración de la divisa clave: para llegar a un objetivo tan riguroso, la oferta debería ser muy abundante hacia fin de año, cosa que es muy difícil que ocurra.

La otra vía para generar ese aumento de reservas es disminuyendo las importaciones.

Los cálculos econométricos muestran que una caída del 10% de las mismas produce una caída del 3% en la actividad económica.

En un clima en el que el estimador mensual de la actividad económica (Emae) muestra una lánguida variación mensual promedio de 0,12% en el período enero-mayo de este año.

Un tipo de cambio competitivoBajo este escenario, siempre aparece el fantasma de la devaluación o la posibilidad de tipos de cambio desdoblados para promover la exportación del sector agropecuario, como así también la discusión sobre si el tipo de cambio actual se encuentra atrasado.

Entonces la pregunta que se asoma es cuál debería ser el tipo de cambio competitivo: ¿aquel que sólo promueve las exportaciones? ¿Aquel que permita salir del cepo? ¿Aquel que garantice el crecimiento con empleo y sin inflación?Lo primero a lo que se debe apuntar es a una política cambiaria cuyo fin sea obtener este tipo de cambio ideal.

Una indexación mecánica del tipo de cambio nominal para no quedar retrasado por inflación puede ser una solución de corto plazo, pero no de mediano y largo plazo.

Dado que el principal objetivo debiera ser reducir la incertidumbre para las decisiones de inversión y de empleo en proyectos productivos, aumentando los incentivos para su colocación en el mercado interno y externo a todos los sectores.

Si se amplía la cantidad de sectores que posean productos transables, se incrementan las posibilidades de crecimiento económico con mayor empleo.

Asimismo, un tipo de cambio competitivo en el largo plazo logra fortalecer las reservas internacionales y obtener un resultado positivo de la cuenta corriente, disminuyendo la posibilidad de que la economía se vea afectada por crisis externas y financieras, evitando situaciones de insolvencia basadas en endeudamiento externo.

Sin embargo, en el corto plazo es necesario que haya flexibilidad en el mismo a fin de aumentar su respuesta ante corridas especulativas o movimientos bruscos, ante un mercado internacional volátil.

Esta flotación regulada es el mecanismo utilizado en los mercados emergentes para mantener la salud de la moneda ante los vaivenes externos.

Un aspecto central es que un tipo de cambio competitivo no puede ser el objetivo principal de un plan económico, sino que debe estar dentro de un esquema más amplio con políticas monetarias (tasas de interés) y fiscales (superávit primario) que se encuentren coordinadas con la estrategia cambiaria con el objeto de atender también a la inflación, el empleo, la actividad económica y el crecimiento.

Para ello, es necesario que su implementación goce de una gran legitimidad política ante la conflictividad que se puede presentar en el logro de los diferentes objetivos.

En este sentido, el hecho de que Sergio Massa se presente con una unificación de ministerios (Economía, Producción y Agricultura), garantizando una única conducción, se muestra como una oportunidad para poder lograr esta coordinación.

Un tipo de cambio competitivo de estas características reactivaría la actividad económica mediante su efecto sobre la producción local, la inversión y el empleo, generando conflicto de objetivos ante el impulso en la demanda agregada que activa nuevas presiones inflacionarias.

El contexto actual, inmerso en un régimen de alta inflación, requiere de la implementación de un programa de estabilización integral ante un Gobierno que ha decidido bajarla mediante un enfriamiento de la actividad económica (alta tasa de interés y reducción de importaciones), en la línea contraria al logro de un tipo de cambio competitivo de largo plazo.

El Gobierno deberá estar atento a que la última ficha no se caiga.

Como en el Jenga, se necesitará coordinación, precisión y estrategia, ya que con una mala jugada la torre se caerá.

(*) Economista, MBA, directora general de Icda, de la Universidad Católica de Córdoba (UCC)