El año nuevo reclama ajustes, ¿podrá evitarlos el Gobierno?

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Fuente lavoz 31/12/2022

Aunque con fórceps, las metas acordadas con el Fondo Monetario Internacional (FMI) se fueron cumpliendo a medida que avanzaban los trimestres de 2022.

Ayudó la “suerte” por la fuerte mejora de los precios internacionales de los granos, y también el hecho de que los compromisos firmados no habían sido demasiado exigentes.

Por caso, se necesitaba recortar el déficit primario del sector público nacional en 0,5 puntos hasta el equivalente a 2,5% del producto interno bruto (PIB) en 2022, para lo que bastaba con ejecutar un gasto primario del orden del 20,5% del PIB, todavía 1,7 puntos por encima del nivel antes del Covid-19.

Al mismo tiempo, como “premio” se conseguía para la Argentina financiamiento externo neto positivo de parte del FMI, por nada menos que 1,1% del PIB.

Los números para el año nuevo son más exigentes.

Las proyecciones del staff del FMI confirman que llegó la hora de “acabar con tanta dulzura”: en 2023 la Argentina deberá devolver en términos netos el equivalente a 0,3 % del PIB en las operaciones con organismos; al tiempo que para llegar a un déficit primario de 1,9% del PIB, será necesario ajustar el gasto primario del sector público nacional en 1,8 puntos porcentuales.

Un déficit mayor al pautado se enfrentará a la dificultad del financiamiento, por un mercado condicionado por el “día después” del próximo recambio presidencial.

La desaceleración del nivel de actividad de la última parte de 2022, junto con precios internacionales de las commodities que en 2023 se ubicaría por debajo de la última campaña, son el telón de fondo de un escenario en el que reaparecen los síntomas de la “frazada corta”; ya que para conseguir ciertos objetivos será necesario sacrificar otros:Si la variación del índice de precios al consumidor (IPC) perforara el piso del 5% por varios meses consecutivos, el cuadro fiscal se resquebrajaría, por la inercia indexatoria del gasto público, con una recaudación más asociada a la inflación del momentoEn cambio, si el “impuesto inflacionario” siguiera reinando, el efecto colateral vendría por el lado de un deterioro adicional del sector externo, por la persistente pérdida de competitividad.

El tema es que ya la cuenta corriente de la balanza de pagos pasó de un superávit de 1,4 % del PIB en 2021 a un déficit estimado de 0,9% del PIB en 2022.

El gobierno se ha propuesto encorsetar el ritmo de suba de los precios a una pauta del 4% mensual, pero en noviembre y diciembre se observa que 80% de los ítems encuestados por el Indec mantienen un ritmo de variación de entre 5,5% y 6% mensual.

Y esto no sorprende.

Las presiones inflacionarias siguen a la orden día, pese a la limitación existente de financiamiento directo del Banco Central (BCRA) al Tesoro, que en 2022 está explicando una expansión de base monetaria por el equivalente a 0,6% del PIB.

El tema es que sólo siete de cada 100 pesos emitidos por el BCRA en 2022 tienen que ver con los adelantos transitorios ¡Lo importante es el resto!La emisión destinada al pago de intereses de Leliq y demás, por 3,36 billones de pesos (4,2% del PIB), lidera el ranking de 2022, seguida de un rubro diverso que incluye inyecciones de liquidez para comprar bonos del Tesoro en el mercado secundario, que alcanzó 2,1 % del PIB, mientras que la emisión por la compra-venta de divisas insumió 1,36 % del PIB.

En este último ítem ha pasado a tallar el “dólar soja”, con un diciembre en el que el Central estuvo pagando un “plus” de 55 pesos (230 pesos contra 175 pesos del oficial) por cada dólar que liquidaban los productores y exportadores.

Lo que viene no es mejorDe cara a 2023, la emisión por intereses de Leliq e intervenciones del Central en el mercado secundario de deuda podrían aumentar en términos del PIB, mientras que el plus de emisión por “dólar soja” se acercaría a 85 pesos por cada dólar, multiplicado por miles de millones.

Una de las tantas paradojas de 2022 ha sido, justamente, que el sector externo volvió a ser fuente de expansión monetaria, sin que el “dólar soja” haya contribuido a la mejora de 3.600 millones de dólares de las reservas del Central, explicada por los giros del FMI y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Sin esas transferencias, las reservas habrían caído en 730 millones de dólares.

En esencia, los desequilibrios de la macro son de tal magnitud que habrá una pulseada permanente entre ajustes muy difíciles de posponer y los objetivos electorales del Gobierno, que incluyen generosas transferencias a la provincia de Buenos Aires.

La espada de Damocles de los abultados vencimientos de deuda interna puede pesar más que la auditoría del FMI.

El déficit fiscal deriva en una incesante acumulación de pasivos, como lo muestra el incremento de 26 mil millones de dólares en los últimos 12 meses de la deuda en pesos del Tesoro.

A su vez, la refinanciación de vencimientos es cada vez más abultada, por la dificultad para introducir títulos de largo plazo.

Así, las colocaciones de bonos del Tesoro en el mercado de capitales local, que en 2021 sumaron 8,2% del PIB, en 2022 escalaron a 10% del PIB (con creciente participación del BCRA en la punta compradora).

Para 2023 se proyectan en 11,7%, siempre que el déficit primario se ajuste a la pauta de 1,9% del PIB.

En el traspaso presidencial de fin de 2015, el gobierno saliente se vio beneficiado por las promesas de campaña del entrante, posibilitando la convergencia de variables financieras a favor de una transición manejable.

En cambio, de cara a 2023/24, parece difícil que tanto la administración saliente como la entrante puedan ofrecer suficientes garantías, porque faltan resolver diferencias internas de magnitud en las distintas coaliciones.

La brecha cambiaria y la inflación, con guarismos que duplican los de 2015, son sólo la punta del iceberg de un 2023 que perfila una compleja transición.

La mochila de la deuda en pesos es 40 mil millones de dólares más pesada que la de fin de 2015, consolidando datos del BCRA y el Tesoro.

En términos de nivel de actividad, 2022 cerró con un incremento del PIB cercano al 5,0%, pero con una marcada desaceleración en el cuarto trimestre.

Sectores tan relevantes como el industrial y el agropecuario evolucionaron por debajo del promedio, con un 2023 que difícilmente les ofrezca revancha: la falta de insumos y la pérdida de competitividad (atraso cambiario) amenaza la trayectoria de las manufacturas; y la sequía, a las actividades rurales.

Cierto es que sectores dinámicos de 2022 podrían repetir en 2023, caso el turismo y los hidrocarburos, pero todavía no tienen suficiente peso en el PIB.

La producción de petróleo, menos restringida por la falta de oleoductos, se adelantó y está creciendo a un ritmo del 13% anual desde 2020, mientras que el gas lo hace al 4%.

Es de esperar que estos guarismos converjan por las obras en marcha.

La amenaza de la sequía, a su vez, pone sobre la mesa el tremendo costo de haber perdido el crédito internacional, porque no sólo afecta al campo, sino que condiciona el aprovisionamiento de insumos de la industria.

Por el clima, las exportaciones del complejo agroindustrial podrían pasar de 42 mil millones de dólares en 2022 a 37 mil millones en 2023, lo que derivaría en una merma del 10% en las importaciones.

Se trata de un una pésima noticia para el nivel de actividad, salvo que se consiga ampliar líneas externas de crédito.

(*) Economista