Massa llenó el álbum en EE.UU., pero hay datos que preocupan

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Fuente lanacion 19/09/2022

El dato cortó con tanta dulzura.

Sergio Massa aún disfrutaba de la repercusión favorable de su paso por Estados Unidos y del fuerte ingreso de divisas por el dólar soja, cuando la inoportuna cifra de inflación de agosto sonó como un despertador a las 6 de la mañana.

En el primer mes que se podía cargar en su cuenta, el 7% fue apenas un poco más bajo que el del caótico julio y puso al ministro a la defensiva por primera vez desde que asumió.

Un siempre ocurrente Alberto Fernández -cuyos análisis en la materia terminan en memes que agitan las redes sociales- matizó la grave situación con un poco de humor.

Dijo, en una entrevista a un medio español, que la inflación en Estados Unidos había aumentado “un 900%” en el último año (en realidad el indicador interanual fue de 8,3% en agosto), sumando un nuevo furcio a su rica colección.

No fue el único y, presumiblemente, no será el último.

El Gobierno intenta combatir con palabras un problema que en los hechos lo desaira permanentemente: desde que Fernández fijó el día de San Patricio como el del inicio de la “guerra contra la inflación”, tras conocerse el 4,7% de febrero, el índice nunca fue menor a ese: 6,7% en marzo; 6% en abril, 5,1% en mayo, 5,3% en junio, 7,4% en julio y el ya citado 7% de agosto.

El equipo económico cosecha algunas tempestades derivadas de antiguas siembras, pero también corre el riesgo de fomentar otras tormentas con medidas como la fuerte emisión de pesos que crea el dólar soja, que ya empieza a reflejarse en la suba de los dólares financieros, un mecanismo que además genera nueva deuda en divisas para compensar la pérdida del Banco Central, que compra caro y vende barato.

Junto al dato de inflación, fue la otra luz amarilla de la semana.

El Palacio de Hacienda sufre en carne propia la metáfora del expresidente del Bundesbank (banco central alemán) Karl Otto Pöhl: “La inflación es como la pasta dental: una vez que sale del tubo no se puede volver a meter; así que mejor no apretar demasiado el tubo”.

No necesariamente algunas frases quedan en la historia por desafortunadas.

La Argentina aprieta el pomo desde hace varias décadas.

La inundación de pesos y el salto en el déficit fiscal de 2020-2021, consecuencia del gasto estatal por la pandemia, pesan con fuerza en la balanza de la multicausalidad de la inflación de los últimos meses, diagnóstico al que el Gobierno se aferra como si por sí solo bastara para solucionar el problema.

Este año sumó, casi como argumento exclusivo del deterioro inflacionario, el efecto de la guerra en Ucrania en los precios internacionales de los alimentos, la energía y la logística.

La repercusión de la invasión rusa a Ucrania en la economía mundial es innegable, pero es solo parte del problema.

Jorge Vasconcelos, economista del Ieral, de la Fundación Mediterránea, la pone en perspectiva: “El impacto de la inflación importada básicamente se dio en el segundo trimestre; para compararlo con otro país de la región, el IPC en Brasil bajó por dos meses consecutivos.

En julio, -0,68%, y en agosto, -0,36% mensual”.

Por eso, mientras el relevamiento de expectativas de mercado que elabora el Banco Central corrige todos los meses al alza la inflación anual esperada (95% promedio, según el último), su equivalente brasileño también modifica el pronóstico, pero a la baja (6,61% versus el 6,7% de la medición anterior).

Vasconcelos advierte sobre las razones locales: el descalabro de junio y julio pasados se tradujo en fuerte emisión monetaria, caída de la demanda de pesos y expectativas en alza por la mayor brecha cambiaria.

Pisar el embragueEn el Gobierno juran que el IPC de agosto no los tomó por sorpresa.

“No teníamos el número finito, pero sí cómo venían las variaciones de los rubros.

Después, si era 7% o 6,8% era más o menos lo mismo.

Lo que está claro es que esto debería ser un punto de inflexión”, razona un integrante del equipo económico.

Economía quiso mostrar reacción: hizo que el Banco Central subiera la tasa de interés más allá del 100% anual y en las 48 horas posteriores convocó a reuniones a diferentes cámaras empresarias.

Las primeras en ser recibidas por Massa, Matías Tombolini, y el presidente del BCRA, Miguel Pesce, fueron las entidades del rubro textil, que lideró las subas del mes con precios que en un año treparon más de tres dígitos.

Les reclamaron un cálculo preciso de los dólares necesarios para importar insumos y moderación en los aumentos de precios hasta fin de año.

Ese es el horizonte por ahora.

“No les pido que pisen el freno, sino que aprieten el embrague”, graficó Massa, que se retiró antes.

Los funcionarios también plantearon la posibilidad de cerrar un acuerdo con la cadena textil, una suerte de Precios Cuidados de la indumentaria.

Los empresarios verían con buenos ojos una iniciativa de este tipo siempre que se aten los precios a alguna variable concreta como, por ejemplo, a la evolución del tipo de cambio oficial.

Pero no es tan sencillo.

Es un sector muy atomizado donde no hay tres o cuatro marcas líderes que dominen el mercado, como sucede en muchas categorías de consumo masivo.

“Pongamos que juntamos 50 marcas, ¿el IPC cuáles va a medir? ¿Las que son líderes o las que se confeccionan en el conurbano y no conoce nadie? A los cinco minutos nos dirán que no respetamos el acuerdo”, ejemplifica un empresario del rubro.

Para una economía que vive al día, una de las pocas brújulas que debería servir para orientarse es el presupuesto 2023, que Massa presentó el jueves por la noche con el sorpresivo agregado de un blanqueo de dólares no declarados para destinar a la importación.

Una pequeña cámara empresaria había hecho pública la ocurrencia pocos días antes.

Ahora no pocos se preguntan si pasará lo mismo con el dólar para el turismo.

Los antecedentes siempre llevan a dudar de los pronósticos incluidos en los presupuestos nacionales y este no es la excepción.

Lo señala en su último informe la consultora Equilibra (dirigida por Martín Rapetti, uno de los técnicos a los que Massa ofreció ser viceministro), que pone en duda las proyecciones oficiales de tres variables claves: inflación (60%), crecimiento del PBI (4%) y financiamiento.

Considera que las metas de las dos primeras son “optimistas” y que el objetivo de obtener más financiamiento del mercado local para emitir menos pesos es “desafiante”.

Más allá de los números, la iniciativa muestra el escenario imaginado: menos inflación con (o gracias al) menor crecimiento.

Como la tarea de fondo lleva tiempo, por ahora para el Gobierno es más simple aferrarse a lo simbólico.

En Economía aseguran que saben que la inflación no se puede solucionar controlando 500 precios, pero en las próximas semanas Tombolini relanzará Precios Cuidados asesorado por su excompañero de facultad Augusto Costa, actualmente funcionario del gobernador Axel Kicillof.

Volverán hits del pasado como el análisis minucioso de etiquetas engañosas y, en una segunda etapa, el revival de la ley de góndolas.

Mientras tanto, en la semana agridulce de Massa, en la que se reunió con figuras relevantes del gobierno norteamericano y de los organismos de crédito, la secretaria del Tesoro de EE.

UU.

, Yanet Yellen, también separó los gestos de los hechos.

Le entregó al ministro la foto que buscaba, pero se encargó de que se conociera públicamente qué espera de él: pidió implementar “las reformas necesarias para reconstruir la credibilidad, estabilizar los mercados y sentar las bases para un crecimiento sostenible”.